Érase una vez, un hombre a un perro pegado
Así quiero titular esta biografía. Porque si algo ha marcado mi vida desde el principio, ha sido esa conexión profunda, persistente y obstinada con los perros. No hablo de afición, ni siquiera de vocación. Hablo de simbiosis. De una forma de estar en el mundo.
Echando la vista atrás, no siempre me acompañaron perros de raza o de trabajo. De hecho, los primeros fueron mestizos. En aquella época era “el niño de los perros”, y ese sello me ha acompañado toda la vida. Dandi fue mi primer compañero: un cruce de labrador y dogo alemán. Éramos el terror de los juegos infantiles. Aquel perro joven reventó más de un jersey y más de una camisa a base de mordisquitos jugando.
Luego llegó Pipo, mezcla de setter y cocker. Con ninguno de los dos habría ganado el premio al perro más obediente, desde luego. A finales de los años 70 llegaron los dogos alemanes y después los dobermanns. Fueron, de hecho, los primeros dobermanns que se vieron en Gran Canaria. Venían de Alemania, importados para un proyecto que inicialmente compartieron mi tío y Gustavo Rodríguez. Al final, fue Gustavo quien continuó en solitario con el criadero Dinolandia, en Bañaderos. Mi familia no siguió por ese camino, pero a mí los dobermanns me habían enamorado.
El principio fue lo más duro pero a la vez, lo más apasionante. Trabajar con la familia tiene sus ventajas y también, sus inconvenientes. Trabajaba en conjunto con mi amigo Paco- Francisco Ferreiro- desde antes de salir el sol, hasta las 12 pm. Sin prisas, pero sin pausas. Recuerdo que si quería aprender a trabajar con los perros, tenía que comer, mientras los adiestradores funcionaban. En aquellos primeros pasos eran los suboficiales del ejército del aire. Luego vendrían los cursos presenciales, generalmente alemanes y los desplazamientos a las distintas localidades de la península. Creo que en sólo una provincia española, no he estado presente, ésa es Huelva.
A finales de los 80 recorrí media península ibérica con uno de ellos. Sin móviles. Sin internet. Se aprendía in situ, sin filtros y sin gurús de sofá. Mochila, tienda de campaña y saco de dormir. En los campings éramos conocidos —más mi perro que yo—. Mientras yo me formaba en Ubiarco (Cantabria), él me esperaba tranquilo delante de la tienda, libre. Por supuesto, como buen dobermann negro, pronto nos colgaron el sambenito: estaban robando en el camping y alguien soltó aquello de “un gitano con un dobermann”. Al final cogieron a los verdaderos ladrones: rubios, modositos y con un historial delictivo más largo que la cola del paro.
Más adelante, cerramos una etapa intensa en Lobón (Extremadura), en casa de mi amigo y exalumno Alfonso Agudo. Alfonso y yo habíamos trabajado juntos en Lanzarote, entrenando perros de seguridad y defensa civil. En un SEAT recorríamos la isla con cinco perros… y un tigre. Sí, un tigre. Hoy acabaríamos en la cárcel o con multas de por vida. Nadie lo cree, ni siquiera cuando lo cuenta un amigo mío —que es más serio que una inspección de Hacienda—. Pero fue así. Tengo una amiga belga que tenía fotos del tigre en todas sus etapas. De hecho, en uno de esos viajes, el tigre la mordió. ¿Dónde andará ahora aquella mujer? Aventurera como pocas. Claro, normal… ¿qué otra cosa podría ser alguien que andaba con un tío que tenía un tigre?
Ya desde Málaga, empezamos a cruzar la frontera con frecuencia. Mi socio y amigo Daniel Moreno y yo viajábamos hasta Thérèsse (Burdeos) para entrenar con los hermanos Bruna: Jean y Xavier. Jean Bruna había sido tercero en el Mundial FCI (todas las razas). Más tarde, su hermano sería subcampeón del mundo en Nitra (Eslovaquia). Burdeos se convirtió en nuestra segunda casa. Íbamos con cualquier excusa y solo volvíamos obligados. Entrenábamos, comíamos y vivíamos allí. El club lo era todo.
Participamos en las finales de Campagne en Blaye (Burdeos) y en Nîmes, camino de Arendonk (Bélgica), donde asistimos al Mundial de Mondioring. Fue mi primer mundial, y como tal, me llevé la novatada. En cualquier reglamento de adiestramiento, los primeros pasos son los más complicados: la inexperiencia, el exceso de confianza, todo eso pesa. Pero como dice el refrán: de los errores se aprende… y de los triunfos se disfruta.
Fue a partir del primer campeonato ganado, cuando empieza la transformación de alumno adiestrador a impartir cursos por toda la geografía española. Esto fue al ganar el CACIT en Málaga. Posiblemente el campeonato más disfrutado. Primero porqué ni imaginaba que era capaz de ganarlo. Estaban presente los hermanos Bruna, el presidente de Luxemburgo y varios adiestradores españoles. Ganó Raeni- Rany- obteniendo el mejor rastro y protección. La mejor obediencia, fue para Xavier Bruna. , que obtendría el segundo puesto y Andrés Sánchez, el tercer puesto. Incluso por delante del hermano y futuro campeón del mundo Ghost, de Jacqueline y Brigitte.
A principios de los 90, en Málaga, se cruzaron en mi camino dos maneras muy distintas de entender el trabajo con perros. Por un lado, la línea profesional pura y dura, centrada en resultados operativos, que conocí en el centro Castillo Blanco. Por otro, la vertiente deportiva y altruista, casi idealista, de dos mujeres que me marcaron profundamente: Jacqueline y Brigitte Coulon, las francesas.
En Castillo Blanco se abrió una oportunidad interesante de la mano de la Policía Local de Marbella: la formación de perros de intervención, especializados en detectar y neutralizar tironeros. Era un proyecto con proyección y recursos. Lamentablemente, el vínculo profesional con el propietario del centro no prosperó, y aquel camino se cerró antes de tiempo.
Pero con Jacqueline y Brigitte empezó algo mucho más duradero. En su club, El Buggy, entré de lleno en el mundo de la competición canina de alto nivel. Por aquel entonces, España apenas figuraba en el mapa del deporte canino internacional. Sin embargo, allí empezamos a trabajar con dos perros excepcionales —Ghost y Raeni (a quien llamábamos Rany)— que acabarían convirtiéndose en campeón y subcampeón del mundo, respectivamente.
Mi gratitud hacia Jacqueline es inmensa. Mujer libre, viajera, ganadora nata, había conseguido algo que muy pocos pueden decir: vencer en los tres grandes programas de competición en Francia —RCI, RING y CAMPAGNE—. Brigitte, por su parte, venía del ejército belga, donde fue suboficial. También fue una competidora extraordinaria y, de hecho, se convirtió en la primera campeona del mundo que compitió con bandera española. Sin su exigencia, su disciplina y su generosidad, nada de aquello habría sido posible.
A finales del siglo, quedamos seleccionados para los mundiales del club y de Inter raza. Italia, Luxemburgo, Eslovaquia, Francia, Austria, Alemania, Bélgica. En Alemania, repetiríamos tres mundiales, dos en Austria e Italia. Qué decir que en el mundial de Nitra- Eslovaquia- regresamos en autobús. Creo que en ese mundial, los amigos de lo ajeno, hicieron el agosto. Recuerdo que en el breve plazo de diez minutos, llegué a contabilizar seis vehículos sustraídos. Los franceses conocedores de las “ habilidades” por esos lares, llevaron vigilancia privada. También recuerdo con nostalgia los mundiales de los Países Bajos- en dos ocasiones- y Suiza, dónde estuvimos un mes. No todo iba a ser trabajar 😏
Epílogo (o simplemente, el presente)
Mirando al presente —no solo en España, sino en buena parte de Europa Occidental— el panorama ha cambiado. El concepto de “adiestrador”, que antes se escribía con mayúscula, hoy casi se desprecia. Lo importante ya no es tanto ser como parecer. Las formas han pasado por encima de los resultados. Claro, al final el cliente quiere que funcione, pero mientras no vea comparativas, lo que le cuenten… cuela.
Ahora ya no se dicen adiestradores. Se hacen llamar psicólogos caninos, etólogos, especialistas en comportamiento… Yo los llamo teóricos del perro. Gente con mucha labia y poca calle. Y por otro lado, están los grupos antropomorfistas: rabiosamente emotivos, sin formación ni base, convertidos en abanderados del buenismo canino. ¿El resultado? Escandaloso. Y encima con el respaldo de unas leyes recientes, hechas por políticos que buscan votos a corto plazo, aprobando prohibiciones incoherentes en nombre del “bienestar animal”.
Pero si uno ha convivido con perros de verdad, sabe que al perro le gusta ser perro. No un niño tonto. Porque, seamos serios: ningún padre con sentido común permitiría que su hijo viviera como muchos de esos perros “bientratados”. Obesos, desocupados, reducidos a paseíllos por el parque y poco más. El bienestar real pasa por el equilibrio, no por la ñoñería.